Inclusión.

Tráeme, Robín, esa flor
y aplícale el jugo a todo el que nos mire.
Que nos amen porque no sabemos dibujar El balandrito,
que nos amen porque nos salimos de las rayas,
que nos amen, sin reservas, por no controlar los esfínteres,
que nos amen con andadores y con prótesis,
que nos adoren cuando al abrir los ojos
se encuentren las sillas de ruedas, los bastones
o las miradas ausentes.
Que se enamoren de nuestras siglas:
que apasione el TGD, el TEA, el TDAH, los PMAR y los ACNEE.
Que nos amen los tres años, los siete, los quince, los que vengan,
los cuarenta de las madres y los padres desamados.
Tráeme, Robín, esa flor,
y aplícale el jugo a la liga de equipos directivos,
a los que solo saben de esquinas. Y esos…
que nos amen.
Humedece los ojos capitales de la DAT,
y en cualquiera de sus cuatro puntos cardinales
que rabie de amor con solo imaginarnos.
Dale a la inspección, colmada de certezas y de dudas,
el zumo de la flor. Y esa…
que nos ame mucho más y hasta de oídas.
A los vecinos,
a los niños que juegan muy bien al fútbol,
a los que tienen más novios,
a los que hacen más amigos
a los que apuestan al euromillón…
pasa por sus párpados tus dedos
y moja sus ojos dormidos.
Robín, esta vez sin travesuras:
que el sueño de una noche de verano
nos llegue en cada invierno.

Gemma Serrano

(Del Prólogo del libro de Gerardo Echeita “Educación inclusiva: El sueño de una noche de verano“. Octaedro, 2019.

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